Sus manos, grandes y cálidas, la estrecharon contra su pecho con una urgencia renovada.
Omar ya no quería perder el tiempo en promesas vacías.
Se separó apenas unos milímetros, lo suficiente para mirar sus cicatrices.
Lejos de apartar la vista, las delineó con la yema de sus dedos con una lentitud reverencial.
Su mirada era penetrante, inclinó la cabeza y las besó.
Una a una, suavemente, curando con la humedad de sus labios los vestigios del sufrimiento.
Ella sintió el calor de su boca, el rastr