Samyra se detuvo de golpe en medio del pasillo.
—¡Ya basta!
Su grito resonó con fuerza por todo el hospital.
Los hombres que la sujetaban se sobresaltaron inmediatamente y aflojaron el agarre sobre sus brazos. Incluso parecieron nerviosos de que alguien pudiera escuchar el escándalo.
Samyra respiraba agitadamente.
La rabia le quemaba el pecho.
—Suéltenme… iré por mi cuenta.
Los hombres se miraron entre sí con incertidumbre. No sabían si debían seguir tratándola como una criminal o recordar que s