Nassira sollozó, y el sonido no fue suave. Fue un quiebre.
—¡Acepto… con tal de no perder a mi esposo, acepto una segunda esposa!
Las palabras cayeron como una sentencia dentro de la casa.
El silencio fue inmediato, absoluto. Incluso el aire parecía haberse detenido.
La abuela la miró con los ojos húmedos y se acercó despacio, como si cada paso le pesara.
—Mi pobre nieta… piénsalo bien, por favor. No hables desde el miedo.
Nassira bajó la mirada. Sus manos temblaban, pero no retrocedió. No había