Elise llevó a Samyra hasta su apartamento sin dejar de observarla.
Durante todo el trayecto, Samyra apenas habló.
Mantenía la mirada perdida a mientras sus manos descansaban sobre su regazo, aferradas una a la otra con tanta fuerza que los nudillos se habían vuelto blancos.
La historia que Fadia le había contado seguía resonando en su cabeza.
Un hijo arrebatado.
Una vida obligada.
Y cada vez que recordaba aquellas palabras, una sensación de terror volvía a apoderarse de ella.
Cuando llegaron al