La casa estaba en silencio cuando la empleada lo encontró.
El pasillo era largo, frío, y la luz tenue de la madrugada hacía que todo pareciera aún más irreal. Omar estaba tendido en el suelo, inmóvil, con el rostro pálido y la respiración casi imperceptible.
—¡Señor Al-Sabah! —gritó la mujer, llevándose las manos a la boca.
El pánico la paralizó por un segundo, pero luego reaccionó.
Sacó el teléfono con manos temblorosas y llamó a emergencias.
—¡Es urgente! El señor Omar Al-Sabah no responde… e