Aníbal condujo hasta el geriátrico cada kilómetro aumentaba el peso que llevaba sobre los hombros.
Una parte de él quería dar la vuelta y marcharse.
La otra sabía que, si aquella llamada era realmente una emergencia, quizá sería la última oportunidad de ver a la mujer que le había dado la vida.
Cuando estacionó el automóvil, permaneció varios segundos con las manos aferradas al volante.
Respiró profundamente.
No iba allí como un hijo preocupado.
Iba únicamente porque sentía que era una obligació