Por la noche.
Aníbal permaneció sentado junto a la cama durante varios minutos, incapaz de apartar la mirada de las dos personas que ahora daban sentido a toda su existencia.
La tenue luz de la lámpara iluminaba el rostro sereno de Elise, mientras la pequeña Adara dormía plácidamente en su cuna, abrazando uno de sus pequeños ositos de peluche.
Aún le costaba creer que aquello fuera real.
Después de tantos años de dolor, de culpa y de pérdidas, por fin podía contemplar a su familia reunida.
Se le