Inaya no dudó ni un instante.
En cuanto una de las empleadas entró apresuradamente para avisarle que una mujer estaba causando un escándalo frente a la mansión, dejó lo que estaba haciendo y salió con paso firme.
Apenas cruzó el enorme vestíbulo, comenzó a escuchar los gritos que retumbaban hasta el interior de la residencia.
—¡Maldita! ¡Cobarde! ¡Sal de una vez!
Los sirvientes intercambiaban miradas nerviosas.
Nadie se atrevía a intervenir.
Cuando Inaya llegó a la puerta principal, vio a Miran