RAINA
En cuanto entré en mi coche, una oleada de alivio me recorrió el cuerpo. Fuera quien fuera aquel hombre, me había hecho un favor que ni siquiera sabía que necesitaba. Alex había sido insoportable. Su sola presencia era asfixiante.
Cuando entré en el camino de la casa, el peso de todo lo que había ocurrido ese día cayó sobre mis hombros. Aparqué el coche y entré, decidida a no regresar a la oficina. Mi cabeza no estaba en condiciones de atender clientes ni reuniones.
El familiar sonido de