Al día siguiente, Lana y Marcos fueron expulsados de la manada.
Un aguacero torrencial empapaba la tierra mientras los guardias los obligaban a dirigirse hacia la frontera.
—¡Todo esto es culpa tuya! —Marcos empujó a Lana con fuerza, su voz estaba cargada de furia—. ¡Si no te hubieras vuelto tan arrogante, no nos habrían descubierto!
Lana tropezó y cayó en el lodo, mirándolo con incredulidad. Ese era el mismo hombre que alguna vez le había susurrado dulces palabras al oído y prometido el mundo e