El aliento de Patricia, con ese leve aroma a alcohol, rozaba su rostro.
Sus labios entreabiertos... como si se ofreciera sin reservas.
La nuez de Alejandro se movió.
—¿Estás segura?
Esta vez no la apartó como antes.
Patricia entrelazó los brazos alrededor de su cuello, acercando los labios a su oído.
—Desde que murió mi papá, nadie me ha tratado como tú. Facundo es un ingrato, Bruno solo me veía como un objeto... tú eres distinto. De verdad me gustas.
La mano de Alejandro, que la sostenía, se te