No fue como aquella noche, en la que ella lo mordía sin control.
Este beso fue ligero... suave.
Patricia supo detenerse a tiempo. Tomó su bolso y salió del asiento del copiloto.
—Llévate el carro. En la noche vienes por mí.
Se alejó, pero la sensación de sus labios permanecía.
Como la caricia de la patita de un gato... no dolía, pero dejaba una comezón inquietante.
—Qué mujer tan complicada...
Alejandro se frotó la comisura de los labios, asegurándose de que no hubiera quedado rastro de labial,