–¡Helena!– llamé en pánico y miedo entrando en la habitación, pero ella no estaba allí.
Salí a buscarla y en el camino encontré a Helena saliendo del baño común, vistiendo solo una toalla enrollada alrededor de su cuerpo y otra en la cabeza.
No pude evitar mirarla de pies a cabeza, deteniéndome en sus muslos expuestos y hermosos. Cada parte de su cuerpo era linda y perfecta.
Volví a mirar el rostro de Helena, que simplemente me observó con expresión seria y comenzó a caminar con la intención de