— ¡Vamos, levántate! — ordenó el hombre que apuntaba con el arma a Dalia.
Sin embargo, ella estaba paralizada por el miedo, incapaz siquiera de moverse.
— ¡Te dije que te levantes! — el hombre se inclinó hacia ella y extendió las manos, listo para agarrarla del brazo y llevársela por la fuerza.
Se oyó otro disparo y la sangre caliente salpicó su rostro.
Dalia abrió los ojos de par en par al ver el cuello del hombre destrozado por la bala justo frente a ella, y su cuerpo caer a su lado.
La figur