–¿Está rico?– pregunté, acercándome a la mesa donde Dália comía las galletas.
Dália asintió con la boca llena de migas de galleta y sonreí, acariciándole el cabello.
Ver a mi hija comer feliz me calentaba el pecho, un milagro que solo Helena era capaz de lograr.
–Ah… en ese caso yo también quiero probar. ¿Puedo?– pregunté mirando a Helena y, por unos breves segundos, nuestras miradas volvieron a cruzarse, hasta que ella desvió la suya como si huyera de aquella conexión. Tal vez fuera nuestra re