La siguiente vez que fui a llevarle la comida, Verónica me recibió con la misma efusividad de siempre.
Pero al instante, mis ojos se clavaron en el collar que llevaba puesto. Yo tenía uno exactamente igual guardado en casa.
Había sido un regalo de aniversario de Ricardo. Recordé perfecto cómo Verónica lo había elogiado en su momento: «¡Qué collar tan bonito! Qué buen gusto tiene Ricardo. Qué suertuda eres. A mí seguro nunca nadie me va a regalar algo así de lindo».
Ya desde entonces, sus palabra