En aquel entonces, la culpa y el remordimiento me hacían llorar sin parar.
Pero él, con ternura, me secaba las lágrimas y sonreía restándole importancia:
—No pasa nada, es solo una cicatriz. No le quita ni un poquito de guapo a este galán.
Pero mis lágrimas solo caían con más fuerza.
—¿Te duele?
Al verme llorar, no supo qué hacer.
—No me duele, de verdad que no. Ya no llores, ¿sí? Por favor, Eli, te lo pido. Si sigues, solo harás que me duela muchísimo más que cualquier herida...
En ese tiempo,