CAPÍTULO 53

Judy permanecía sentada al borde del colchón, con las manos embargadas por un temblor incontrolable.

La habitación se percibía excesivamente silenciosa.

Demasiado vasta.

Demasiado desierta.

Era perfectamente capaz de escuchar el ritmo de su propia respiración, acelerada e irregular. El corazón le restallaba contra las costillas como si pretendiera escapar de su caja torácica. Cualquier estímulo sonoro procedente del exterior adquiría una dimensión desproporcionada: el metódico tictac del reloj
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