David Jones permanecía en absoluto aislamiento en el interior de su despacho privado.
Las luminarias se encontraban atenuadas al mínimo.
La metrópoli, al otro lado del ventanal de cristal, proyectaba una imagen de aparente calma, pero en su fuero interno el estruendo resultaba ensordecedor.
Excesivamente abrumador.
Se aflojó el nudo de la corbata con un ademán brusco y se pasó una mano por el cabello. El reflejo de sus facciones sobre la superficie vidriada del ventanal delataba un profundo ago