El veredicto llegó a las 10:47 de la mañana.
Elena no estaba sentada en la sala del tribunal cuando se emitió la notificación digital. Estaba de pie en el inmenso pasillo de mármol gris de la Corte Penal Internacional en La Haya. Llevaba su toga negra apoyada en el antebrazo. El aire acondicionado del edificio mantenía la temperatura en un frío aséptico que contrastaba con el fuego que le quemaba el estómago.
Su tableta vibró.
La pantalla se iluminó con el sello azul de la Corte.
Elena abrió el