La primera llamada llegó desde Santiago de Chile.
Una mujer de sesenta y dos años. Tres hijos. Maestra jubilada.
Su hermano tenía veintiséis años en 1987 y había desaparecido en una operación que nadie supo nombrar oficialmente durante décadas. Hasta que leyó el artículo de Le Monde. Hasta que reconoció la fecha. Hasta que llamó al número de contacto que Elena había publicado al pie del comunicado.
Quería testificar.
La segunda llamada fue desde Buenos Aires.
La tercera, desde Ciudad de Guatema