Dante estaba de pie en el pasillo a las dos de la madrugada.
No había encendido la luz.
Isadora lo encontró así cuando fue al baño: una silueta parada frente a la ventana del fondo que daba al patio interior, inmóvil, con los brazos cruzados y la espalda ligeramente inclinada hacia adelante. La postura de alguien que lleva tiempo en ese mismo lugar sin decidir si quedarse o irse.
Se detuvo en el umbral.
No encendió la luz ella tampoco.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó en voz baja.
—Un rato