Lo que la cláusula no puede evitar

La reunión con Alejandro podía esperar hasta mañana.

Eso fue lo que Sebastián dijo cuando colgó el teléfono. Y por la forma en que lo dijo, con esa voz que no admitía discusión, entendí que necesitaba una hora antes de entrar a otra guerra.

El estudio de la mansión era oscuro y silencioso. Solo las lámparas de mesa encendidas, los libros hasta el techo, el olor a madera vieja y a cuero que de alguna manera ya había empezado a parecerme familiar.

Me quité los tacones y los dejé junto a la puerta.

Doscientas páginas de documentos confidenciales, la ruina de una familia entera, y yo descalza en un estudio que no era mío.

Sebas­tián entró diez minutos después. Se había quitado la chaqueta. La corbata colgaba suelta. Las mangas de la camisa, arremangadas hasta los codos.

Era la primera vez que lo veía sin armadura.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Procesando.

—Es normal. —Se sirvió whisky de la licorera sobre el escritorio y me miró desde el otro lado de la habitación—. ¿Quieres uno?

Negué con la cabeza.

Sebastián se apoyó contra el borde del escritorio con el vaso en la mano, y el silencio entre los dos tuvo una calidad diferente a la de otras noches. Más cargado. Más consciente.

—Hoy fue extraordinario —dijo finalmente.

—Fue aterrador.

—Las dos cosas. —Una pausa—. Pero Valentina... lo que hiciste allí dentro, frente a trescientas cámaras, sin guion, sin red de seguridad... —Sacudió la cabeza levemente—. No conozco a nadie que lo hubiera hecho mejor.

—Tenía razones muy concretas para hacerlo bien.

—No. —Se separó del escritorio y caminó hacia mí despacio—. La gente con razones concretas actúa desde el miedo. Lo que hiciste tú vino de otro lugar.

Se detuvo a tres pasos. Lo suficientemente cerca para que el calor de su presencia llegara antes que sus palabras.

—¿De dónde, según tú?

—De que ya decidiste quién eres. —Sus ojos bajaron brevemente a mis labios y subieron de nuevo—. Y eso es lo más difícil que puede hacer una persona.

El corazón me latía demasiado rápido para que fuera solo la adrenalina del día.

—Sebastián...

—No te voy a tocar —dijo, antes de que yo pudiera terminar. Su voz era firme pero algo en ella se había aflojado—. La cláusula 27 sigue en pie.

—No iba a decir eso.

—¿Qué ibas a decir?

No lo sabía. O sí lo sabía y no estaba dispuesta a nombrarlo.

Me giré hacia la ventana. La ciudad de noche afuera, millones de luces ajenas a lo que estaba sucediendo en este cuarto.

—¿Qué hacemos si el plan de mañana falla? —pregunté, porque era más fácil hablar de estrategia que de esto.

—No va a fallar.

—Pero si falla.

Sebastián dejó el vaso sobre el escritorio con un sonido suave. Escuché sus pasos acercarse. No hasta mí, pero sí hasta quedar a mi lado frente al ventanal.

—Entonces reconstruimos —dijo—. Es lo que hacemos los dos, ¿no? Destruir y reconstruir.

Lo miré de reojo.

Tenía la mandíbula tensa de la manera que ya aprendí a leer: no enfado sino contención. El tipo de contención que cuesta.

—¿Por qué no me habías dicho que tenías gafas de lectura? —pregunté, sin saber de dónde vino la pregunta.

Se sorprendió. Una risa genuina, breve, cruzó su cara.

—¿Ese es el pensamiento que tienes ahora mismo?

—Me hace pensar que hay cosas de ti que todavía no sé.

—Hay muchas.

—¿Cuántas importan?

El silencio que vino después no fue incómodo. Fue el tipo de silencio en que dos personas deciden sin palabras cuánto terreno van a ceder esta noche.

Sebastián se giró hacia mí.

Y por un segundo, solo un segundo, todo lo que había entre nosotros, el contrato, la cláusula, la guerra que todavía no había terminado, desapareció.

Lo vi en sus ojos. Lo sentí en el aire.

Lo que no debía estar sucediendo ya estaba sucediendo de todas formas.

Levantó una mano.

La posó con una suavidad que no esperaba en mi mejilla.

Sin decir nada.

Sin avanzar.

Solo eso. El calor de su palma contra mi piel.

—Valentina —dijo, con una voz tan baja que apenas era voz.

No supe si era una advertencia o una pregunta.

El teléfono de él vibró sobre el escritorio.

Los dos lo miramos.

La pantalla decía: CAROLINA — URGENTE.

Sebastián cerró los ojos un segundo. Los abrió. Retiró la mano.

Cruzó la habitación y contestó.

—¿Qué pasó? —Un silencio en el que escuché la voz de Carolina pero no las palabras—. Entendido. Voy ahora.

Colgó.

Se giró hacia mí.

—Solano tiene información nueva sobre Alejandro. Carolina necesita que revisemos los documentos esta noche.

Asentí.

Profesional. Claro. Como si los últimos tres minutos no hubieran ocurrido.

Sebastián recogió su chaqueta del respaldo de la silla. Se la puso con esos movimientos deliberados que usaba para volver a ser el CEO antes que el hombre.

—Descansa un poco si puedes —dijo—. Mañana es más largo que hoy.

—Lo sé.

Caminó hacia la puerta.

Se detuvo antes de abrirla.

—Valentina.

—¿Qué?

—La cláusula 27 —dijo, sin girarse— la puse en el contrato para protegerme a mí.

Una pausa.

—Hoy empieza a parecerme insuficiente para los dos.

Salió sin esperar respuesta.

Me quedé de pie frente a la ventana, con la palma de su mano todavía impresa en mi mejilla, escuchando cómo el silencio de la mansión volvía a ocupar todo el espacio.

La cláusula 27 seguía en pie.

Pero las dos partes del contrato ya sabíamos que estábamos perdiendo la batalla más peligrosa.

La que se libra por dentro.

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