Una victoria que no esperaban

Desperté con el olor a café y la certeza de que algo estaba muy mal.

La nota en la almohada tenía la caligrafía elegante de Sebastián: "Reunión de emergencia. Baja a desayunar cuando estés lista. Hortensia te explicará todo."

Me vestí rápidamente y bajé las escaleras.

El comedor era absurdamente grande para una persona sola. Pero no estaba sola.

Una mujer joven me esperaba sentada a la mesa, con el pelo rojo recogido en un moño desordenado y unas gafas de montura gruesa que no conseguían ocultar unos ojos verdes intensamente curiosos.

—Señora Duarte, es un placer conocerla. Soy Carolina Vega, asistente personal de Sebastián, y a partir de hoy también la suya.

Me sirvió el café antes de que lo pidiera. Leche justa, sin azúcar.

—¿Cuánto sabes sobre la naturaleza de mi matrimonio? —pregunté.

Carolina me miró directamente a los ojos.

—Sé que Sebastián confía en usted. Eso es suficiente para mí. Y sé que Alejandro Duarte lleva veinte años intentando destruir a su sobrino. —Bajó la voz—. Mi padre trabajaba para los Mendoza. Cuando se negó a participar en una de sus operaciones ilegales, lo despidieron y se encargaron de que nadie más lo contratara. Perdimos todo. Sebastián nos ayudó cuando nadie más lo hizo.

Otra persona destruida por la misma familia.

—Entonces tenemos algo en común —dije.

—Más de lo que imagina. —Sacó una tablet—. Y hablando de eso, necesita saber algo. Alejandro contrató a un investigador privado. Busca cualquier cosa que pueda demostrar que este matrimonio es un fraude.

El secreto de anoche ardió en mi mente.

—¿Puede acceder a registros médicos sellados?

—Con suficiente dinero, puede acceder a casi cualquier cosa. Pero tengo una idea para redirigir sus hallazgos. —Carolina sonrió con una precisión que no era amabilidad—. Hay información sobre Alejandro que yo llevo años compilando. Por si acaso.

Me gustaba esta mujer. Me gustaba mucho.

Antes de que pudiera responder, Sebastián entró con expresión tormentosa.

—Hay un problema —anunció—. Doña Carmen convocó una rueda de prensa para esta tarde. Dice que tiene información que revelará la verdad sobre nuestro matrimonio.

El café se volvió ácido en mi estómago.

—¿Qué tipo de información?

—No lo sé. Pero tenemos cuatro horas para prepararnos. —Me miró—. ¿Hay algo más que no me hayas contado?

Pensé en todos los años que había pasado en esa casa. En los secretos que había escuchado sin querer. En las conversaciones que Rodrigo creía que yo era demasiado estúpida para entender.

Y entonces recordé algo que había olvidado.

—Hace dos años, encontré documentos en el estudio de Rodrigo. Contratos de una empresa fantasma que desviaba fondos del Grupo Mendoza.

—¿Guardaste esos documentos?

—Los fotografié. Están en una cuenta de almacenamiento que Rodrigo no conoce.

Sebastián y Carolina intercambiaron una mirada. Luego él sonrió. La sonrisa del depredador que acaba de encontrar su mejor arma.

—Valentina Duarte, acabas de darme lo que necesitaba para destruirlos.


El vestido rojo sangre llegó al cuarto a las dos de la tarde.

—El rojo es una declaración de guerra —dijo Sebastián cuando lo trajo—. Quiero que toda la ciudad sepa que estamos listos para pelear.

El Hotel Continental estaba repleto de periodistas cuando llegamos. Sebastián había insistido en esperar: que doña Carmen lanzara su ataque primero, y entonces aparecer.

En la antesala, Carolina monitoreaba la transmisión en vivo desde su tablet.

—Como un reloj. Acaba de empezar.

En la pantalla, doña Carmen estaba de pie frente al podio, flanqueada por Rodrigo y su abogado. Su expresión era de satisfacción pura.

—Estamos aquí para revelar la verdad sobre el supuesto matrimonio entre Sebastián Duarte y Valentina Campos —decía, su voz goteando condescendencia—. Un matrimonio que es, de hecho, un fraude diseñado para atacar los intereses legítimos de nuestra empresa...

—Ahora —dijo Sebastián.

Las puertas del salón se abrieron.

Entramos juntos. Mi brazo entrelazado con el suyo. Caminando por el pasillo central como si fuéramos los dueños del lugar.

Los periodistas giraron como un solo organismo.

Las cámaras nos encontraron.

Vi el momento exacto en que el color abandonó el rostro de doña Carmen.

—Disculpen la interrupción —dijo Sebastián, con una voz que cortaba el aire como acero—. Creímos que sería justo darle a los medios la oportunidad de escuchar ambos lados.

—¡Esto es una rueda de prensa privada! —siseó ella—. No tienen derecho a...

—¿Privada? —la interrumpí—. Hay quince cámaras aquí, doña Carmen. Creo que la palabra que busca es pública.

Caminé hacia el podio. Ella retrocedió instintivamente.

—Ustedes vinieron a acusarme de fraude matrimonial —dije, dirigiéndome a los periodistas—. Pero hay fraudes mucho más graves que deberían conocer.

Carolina entregó las carpetas.

—Aquí encontrarán documentos que prueban un esquema de desvío de fondos operado por altos ejecutivos del Grupo Mendoza durante los últimos cinco años —dijo Sebastián—. Documentos que hemos entregado también a las autoridades financieras esta mañana.

El caos estalló.

Doña Carmen perdió la compostura por primera vez en la vida.

—¡Son documentos falsificados! ¡Los fabricó para vengarse!

—Los documentos tienen fechas anteriores a mi divorcio —respondí, con calma absoluta—. Fechas en las que yo todavía era la leal y silenciosa esposa de su hijo. La que llamaban don nadie. La que, aparentemente, era demasiado estúpida para entender lo que pasaba.

Me acerqué hasta que solo centímetros nos separaban.

—Ese fue su error, doña Carmen —susurré—. Subestimar a la don nadie.

Se giró hacia las cámaras. Hacia las luces.

—Durante diez años, me dijeron quién debía ser. La esposa silenciosa. La empleada agradecida. La mujer sin valor. Guardé esos documentos porque, en el fondo, siempre supe que algún día necesitaría pruebas de que yo valía más de lo que ellos querían creer. —Hice una pausa—. Yo decidí quién soy. Y decidí que soy alguien que no se deja destruir.

El aplauso que siguió fue inesperado.

Sebastián tomó mi mano y la apretó una vez, brevemente. Cuando lo miré, vi algo en sus ojos que no había visto antes.

Respeto verdadero.


De regreso en la mansión, Sebastián descorchó una botella de champán con la calma de quien celebra una batalla mientras prepara la siguiente.

Los titulares eran mejores de lo esperado. "Escándalo financiero sacude al Grupo Mendoza". "La nuera vengadora expone fraude millonario". "De esposa desechada a heroína."

—Heroína —repetí, con una risa incrédula—. Hace una semana estaba sacudiendo el polvo del escritorio de Rodrigo.

Sebastián llenó mi copa.

—Hace una semana no eras mi esposa. Las cosas cambian rápido en este mundo.

—¿Esto era lo que querías desde el principio?

—Quería destruir a los Mendoza, sí. —Tomó un sorbo—. Pero no esperaba que tuvieras las armas para hacerlo tú sola.

El calor subió a mis mejillas. No era solo el champán.

—No lo hice sola. Sin tu plataforma, esos documentos habrían seguido en mi nube.

—Pero tuviste la inteligencia de guardarlos. —Se inclinó hacia adelante, y su voz bajó hasta algo más íntimo—. ¿Sabes qué fue lo que más me impresionó hoy?

—¿Qué?

—Cuando le dijiste a doña Carmen que subestimar a la don nadie había sido su error. —Sus ojos buscaron los míos—. En ese momento no eras la mujer que casi atropellé bajo la lluvia. Eras alguien completamente diferente. Alguien... magnífico.

La palabra quedó suspendida entre nosotros.

—Sebastián...

—No. —Apartó la mirada. La pared que había bajado por un segundo volvió a alzarse—. La cláusula 27 existe por una razón.

Antes de que pudiera responder, su teléfono sonó con un timbre urgente.

Lo contestó. Su expresión se transformó en algo más oscuro.

—¿Qué? ¿Cuándo? ¿Cómo es posible que...

Colgó y se quedó mirando el teléfono como si fuera una serpiente venenosa.

—¿Qué pasó?

—Alguien entró al sistema de seguridad de la empresa esta tarde. Accedieron a archivos confidenciales. —Se detuvo. Cuando me miró, había algo nuevo en sus ojos—. Incluyendo el borrador original de nuestro contrato matrimonial.

El champán se convirtió en hielo en mi estómago.

—¿El contrato donde se especifica que nuestro matrimonio es falso?

—El mismo.

El teléfono volvió a sonar.

—Era Alejandro —dijo cuando colgó—. Dice que tiene el contrato y está dispuesto a negociar.

Me puse de pie a su lado.

—¿Qué vamos a hacer?

Sebastián tomó mi mano.

—Juntos —dijo, con una convicción que no admitía duda—. Vamos a averiguarlo juntos.

La guerra, descubrí, no había hecho más que empezar.

Pero por primera vez en mi vida, no la enfrentaba sola.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Klivia Nohelia Rivera ZeledonCon qie irá a salir eda vieja , de seguro va a querer implicar a Valentina en sus chanchullos
Escanea el código para leer en la APP