Sebastian
Salgo del hospital con la misma sensación que se tiene cuando te arrancan algo del pecho y pretenden que sigas caminando como si nada, el aire de la noche me golpea la cara y, aun así, no me enfría el incendio que llevo por dentro. Oigo pasos detrás de mí, el taconeo impaciente de Mercedes.
—¿Qué pasó? —me pregunta, alcanzándome en el pasillo—. ¿Hablaste con ella? ¿Qué dijo el doctor?
No me detengo, no le doy el gusto de verme buscar palabras, porque si abro la boca, le grito o me qui