-¿Cómo pudiste jugar así conmigo? -le preguntó ella.
-No fue un juego que hice solo -respondió él con frialdad.
-¡Eres un infeliz! Yo angustiada por ti, preocupada por lo que te hubiera podido pasar.
-Yo sufrí el peor de los castigos: ¡mi hijo fue asesinado! ¿Y tú? ¡Feliz, como si nada!
-¿Por qué a ti no te castigaron? ¿Por qué solo a mí?
Rafael la miró con indiferencia.
-Porque soy el hijo de uno de los contribuyentes más grandes del convento. La madre superiora llegó a un acuerdo con él