La luz de mediodía bañaba el comedor del penthouse, haciendo que el cristal de la mesa y la cubertería de plata brillaran con una intensidad casi cegadora. Sofía observaba el movimiento del servicio, pero su mente seguía fija en el destello del diamante en su mano izquierda. El peso de la joya era real, un recordatorio constante de que su vida anterior había muerto en las escalinatas de la catedral.
Gerard estaba sentado frente a ella, cortando un filete con una precisión quirúrgica. Se veía