Arianna
—Vamos, nene, mátame —lo desafié—. Mátame o cógeme, tú decides.
Su agarre se intensificó; realmente me estaba asfixiando. El hijo de perra me iba a matar. La vena de su frente se abultó, las venas de su brazo saltaron y sus ojos, usualmente inexpresivos, ahora me mostraban una batalla.
Me sorprendió cuando me soltó.
—De rodillas —ordenó.
Lo miré, confundida. ¿Iba a ejecutarme?
—¡De rodillas! —repitió, levantando la voz, y obedecí.
Me arrodillé ante él, atrapada entre su cuerpo y la puer