Enzo
Antonio golpeó el escritorio con la palma de la mano, y el sonido retumbó en las paredes de su despacho. El vaso de whiskey a medio llenar tintineó, pero él ni siquiera lo notó.
—¡No puede ser que se haya desvanecido en el aire! —espetó, con una voz afilada por la frustración.
Yo ni siquiera parpadeé. Había tenido la misma reacción cuando revisé por primera vez los informes de la investigación en Nueva Orleans; cada pista se desmoronaba hasta quedar en nada.
—Se fue, Antonio —dije con calm