Como Simón había insistido con tanta cortesía, Silvina no quiso rechazarlo.
Entró en la sala, se acomodó en el sofá y respiró hondo, agradeciendo un momento de calma.
La mirada de Simón descendió, sin disimulo, hacia su vientre.
—¿De cuántos meses estás? —preguntó con una sonrisa amable.
—Cinco y medio —respondió Silvina con una leve sonrisa—. ¿Verdad que ya se nota más?
Simón asintió.
—Sí, un poco… pero sigues viéndote igual. Apenas has cambiado.
Silvina giró hacia su asistente.
—Adela, tráeme