Silvina y Tania llegaron al cine cargadas de bolsas con palomitas y refrescos, riendo y bromeando como si nada pudiera arruinar la tarde.
Después de mostrar los boletos en la entrada, buscaron sus asientos siguiendo los números.
Justo cuando Silvina estaba a punto de sentarse, alzó la vista… y se quedó helada.
¿Ellos otra vez?
Leonel, a pesar de intentar ocultar la mayor parte de su rostro tras el cuello del abrigo, no podía engañarla.
Ella lo conocía demasiado bien: con solo una mirada bastaba