¡Silvina volvió a quedarse totalmente desconcertada!
¿Qué demonios le pasaba a ese hombre?
¿En qué clase de lógica torcida funcionaba su mente?
—¡Suéltame! ¿Qué estás haciendo? —Silvina forcejeó con todas sus fuerzas, pero su poca energía no podía compararse con la de Leonel.
La ansiedad le apretó el pecho y, sin poder contenerse, las lágrimas se desbordaron de sus ojos. Entre sollozos, gritó:
—¡Leonel, eres un maldito!
Sí, eso es… —pensó Leonel— Tomás dijo que si la dejas insultar, dejará de e