Silvina negó con la cabeza con impotencia y suspiró. Al ver que Ruperto seguía en shock, apretó deliberadamente con sus dedos la ancha palma de su mano.
Aunque para Silvina aquello parecía haber sido un gesto fuerte, para Ruperto, con su fuerza, no fue más que un roce juguetón, casi como si ella estuviera coqueteando.
Los ojos de Ruperto se volvieron aún más profundos al mirarla.
Sin embargo, no se permitió quedarse atrapado en ese sentimiento. Con voz grave, dijo:
—Señor Martínez, Señora Martí