Límites que se Compran.
Renunciar nunca había sido una opción para mí, ni siquiera cuando el cansancio me hacía ver doble, cuando los turnos se extendían más allá de lo razonable o cuando las propinas no alcanzaban ni para cubrir el transporte de regreso a casa.
Nunca lo consideré porque ese lugar, ese bar con luces cálidas, música baja y olor constante a alcohol derramado, era más que un trabajo: era control, era lo único que dependía completamente de mí.
Por eso, cuando empujé la puerta esa noche y el sonido familia