Lo Que No Descansa.

Le digo a mi madre que no abra la puerta. Se lo digo con esa voz que aprendí de ella, la plana, la que no discute.

—Amara...

—No abras la puerta, mamá. No todavía.

Alaric ya está al teléfono con Herrera a dos metros de mí con esa calma que no es calma sino control absoluto de lo que muestra cuando algo le importa demasiado para mostrarlo.

El jardín de noche alrededor.

Las velas apagadas.

Las flores silvestres que nadie recogió todavía.

—Herrera. —La voz de Alaric, baja—. ¿Qué tiene exactamente
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