Las Seis de la Mañana.
No dormí o dormí algo entre las dos y las cuatro con esa inconsistencia de quien cierra los ojos pero tiene un oído encendido esperando que algo pase.
A las cuatro y media me rendí.
Me quedé mirando el techo de la sala con los grillos afuera que ya empezaban a ceder al silencio previo al amanecer y Alaric en el otro extremo del sofá con los ojos cerrados pero la respiración de alguien que tampoco estaba del todo dormido.
A las cinco y cuarto se movió.
—¿Estás despierta? —dijo sin abrir los ojos