Duval.
El padre de Selene.
Durante un segundo el mundo entero parece quedarse inmóvil: la cafetería, las máquinas de café, las personas sentadas a las mesas. Todo desaparece.
Solo queda él y la forma en que me observa como si ya supiera exactamente quién soy, como si hubiera estado esperándome.
—Señorita Soler.
Su voz es tranquila, educada. La clase de voz que uno asociaría con un empresario respetable, no con el hombre que acaba de destruir a su propia hija.
—¿Nos conocemos?
La pregunta sale antes de