Atrapada.
Las palabras siguen resonando en mi cabeza incluso después de salir de la habitación, incluso después de que la puerta se cierre, incluso después de que la enfermera me obligue a alejarme.
No desaparecen, no puedo hacer que desaparezcan porque no tienen sentido y porque, de alguna forma, siento que sí lo tienen.
Alaric está de pie al final del pasillo, esperando. Los brazos cruzados, la expresión ilegible, levanta la cabeza cuando me ve acercarme.
—¿Cómo está?
Abro la boca, la cierro, porque no