Mundo ficciónIniciar sesiónMe quedé inmóvil y confundida.
¿Qué acababa de pasar?
¿Por qué me había mirado así?
No había respuestas, solo preguntas, y una sensación extraña en el pecho, como si hubiera visto algo que no debía.
Alaric llegó minutos después.
Su expresión estaba controlada, pero el cansancio en sus ojos no pasó desapercibido.
No mencioné lo que había visto, algo en ese encuentro se sentía demasiado delicado, demasiado personal.
—Sabía que mi padre te pediría que te quedaras —dijo, con un asentimiento breve.
No era necesario responder.
El plan seguía adelante, la noche aún no terminaba.
Me condujo a su habitación. Era enorme: elegante, impecable.
Lo que más me sorprendió fue el vestidor: una sección completa del tamaño de un pequeño apartamento, llena de ropa femenina: vestidos, abrigos, zapatos, todos con etiquetas nuevas, nunca usados.
—Había que planear todo —dijo él, encogiéndose de hombros.
No era solo ropa, era un mensaje: este lugar también podía ser mío, o al menos, él ya había considerado esa posibilidad.
—Sobrevivimos la gala —comenté con una sonrisa leve.
—No estés tan segura, la parte difícil apenas empieza —respondió, con una risa baja.
Nos quedamos en silencio. El peso de la noche seguía allí, pero también algo más: una conexión extraña, pequeña, peligrosa.
Me miré en el espejo, el maquillaje seguía intacto. Nunca lo usaba en mi vida diaria.
—No sé cómo quitar esto —admití, absurda, incómoda.
Alaric desapareció unos segundos y regresó con un cesto de productos: algodones, desmaquillante, cremas.
Se sentó al borde de la cama.
—Solo tienes que acostarte —dijo con calma.
—Suena raro —respondí.
Una mínima sonrisa apareció en sus labios.
—Si quisiera hacerte daño, no usaría crema antiarrugas. Es humillante para ambos.
Me reí, un pequeño sonido involuntario.
—Gracias por la aclaración. Ya me estaba preparando para gritar por ayuda.
—Grita si quieres. Nadie te escuchará, las paredes son gruesas.
Sus manos se movían con cuidado, retirando el maquillaje sin prisa.
No era romántico, pero sí íntimo y vulnerable.
Horas antes había usado un compromiso para desafiar a su familia, ahora estaba frente a mí, retirando maquillaje con una suavidad precisa.
—Aprendí de mi madre —dijo—. Le encanta el maquillaje, dice que no es para ocultar quién eres, sino para realzar lo que ya está ahí.
Su voz se quebró levemente.
Noté la tensión en su mandíbula, no pregunté más. No era el momento.
—Debe ser una buena mujer —comenté.
—Lo es, tal vez la conozcas algún día —respondió, sin mirarme directamente.
Intenté cambiar de tema.
—Cuidado, Armand. Si sigues siendo considerado, la gente podría pensar que tienes sentimientos.
Terminó de quitarme el maquillaje.
La luz tenue del velador delineaba su rostro, haciendo que sus ojos parecieran más oscuros.
Nos quedamos en silencio, mirándonos sin moverse. No era la mirada de un extraño ni de un amante, sino algo intermedio que me desconcertaba.
Finalmente habló.
—Será mejor que te cambies el vestido.
Asentí y me levanté lentamente, evitando romper el contacto visual.
Él dio un paso atrás, dándome espacio. Consideración, o algo parecido.
El vestidor seguía lleno de ropa elegante.
El vestido que llevaba esa noche parecía un símbolo de la gala recién vivida.
Me detuve frente al espejo: maquillaje desaparecido, vestido impecable, y yo… la misma de siempre, o al menos eso quería creer.
Alaric apareció detrás de mí. Nuestros reflejos se encontraron: yo con el vestido, él tan cerca que sentía el calor de su cuerpo.
—Quédate quieta —dijo suavemente.
Sus manos se deslizaron hacia la espalda del vestido, rozando los cierres con precisión.
Mi respiración se aceleró, nuestros ojos se cruzaron en el espejo. Por un instante, todo desapareció: solo existíamos nosotros y el temblor de mi corazón.
Un movimiento en la puerta nos hizo girar la cabeza al mismo tiempo.
Una hoja de papel se deslizaba por la rendija.
Alaric reaccionó al instante, colocando una mano firme sobre mi cintura. Sus ojos se oscurecieron, alertas.
—¿Qué…? —susurré.
Tomó la nota sin apartar la vista de la puerta y me la pasó.
Temblando, la abrí. La tinta negra parecía vibrar:
"No salgan solos, alguien va por ustedes. Manténganse juntos o estarán perdidos."
Un escalofrío recorrió mi espalda.
La mansión, el lujo, los invitados, todo desapareció. Solo existíamos nosotros y una amenaza invisible.
—No importa quién sea, nadie te tocará. ¿Me escuchaste? Nadie —dijo Alaric, voz baja y dura.
Un golpe resonó en la puerta: rápido, seco, repetido.
La seguridad que antes creía tener en la mansión se desvaneció.
Alaric soltó un rugido contenido y cerró con llave la puerta con un movimiento brusco. Sus ojos me buscaron, oscuros y decididos.
—Esto ya no es un juego.
Antes de que pudiera reaccionar, escuchamos pasos corriendo por el pasillo superior, acercándose a nuestra puerta.
Alaric tomó mi mano y la apretó con fuerza. Sin pensar, me empujó detrás de un mueble y susurró.
—Quédate aquí, no hagas ruido.
Y entonces todo quedó en silencio, un silencio tan pesado que se podía cortar con un cuchillo.
Hasta que alguien comenzó a golpear la puerta otra vez, más fuerte, como si supiera que estaba bloqueada.
Mi respiración se aceleró, su mano sobre la mía era la única certeza.
Y yo entendí, en ese instante, que la noche apenas había comenzado.







