Ulises comenzó a besar a Aurora, jadeante, sobre la piel del cuello, como un animal que huele su presa.
—Suéltame —dijo ella, con voz firme a pesar del temblor.
Ulises levantó la cabeza, aún con la sonrisa torcida en los labios.
—Lo siento, muñeca… pero mi amiguito quiere empezar a divertirse un rato —dijo Ulises restregando su polla contra la pelvis de Aurora.
Entonces Ulises la jaló del cabello con fuerza. Aurora soltó un grito ahogado, pero no por el dolor… sino por la oportunidad.
En un mo