Dante subió de nuevo a las camionetas con la mandíbula tensa y los puños cerrados. El aire nocturno apenas lograba enfriar la furia que lo consumía por dentro. Caruzzo estaba muerto y él no había sido el que le arrebató la vida.
La impotencia lo carcomía, como un veneno lento que se esparcía por sus venas, recordándole a cada instante que su venganza le había sido arrebatada.
El motor rugió cuando la camioneta arrancó, alejándose del lugar donde todo había ocurrido. La carretera serpenteaba en