Paul terminaba de guardar las pertenencias que había dejado sobre el escritorio de su oficina en una caja, estableciendo su renuncia ante algunos incrédulos que todavía apostaban por que se quedaría. Mientras empacaba, no podía evitar sentir un soplo de felicidad hinchando su pecho. A más vacía quedaba la oficina, más ajeno la veía, como si nunca le hubiera pertenecido y eso le alegraba. Lo llenaba de una sensación similar a la liberación, por fin volvería a Londres, su hogar. Ya solo le faltaba