El taxi la dejó en el bordillo de la vereda de un parque, el resto de la ruta la andaría a pie, la noche se lo permitía, con estrellas como farolas iluminando desde lo más alto del cielo, haciendo que la oscuridad fuera un invento de los cobardes. Andaba cabizbaja deseando no pensar en nada. Era una mujer soltera caminando a media noche en las calles de Los Ángeles cargando una botella de Oporto, no le sentaba mal la imagen, pero qué pasaba si en siete u ocho años más continuaba en esa postura,