151. La Dispersión del Nido
Treinta y tres semanas.
El número resuena en mi cabeza como una cuenta regresiva que no puedo detener. Mi cuerpo ya no es mío; es un recipiente prestado a este pequeño ser que patea mis costillas con la fuerza de un futbolista. Mis tobillos han desaparecido, mi espalda es un mapa de dolores constantes y dormir se ha convertido en una actividad olímpica.
Pero el dolor físico es manejable. Hay almohadas para eso. Hay masajes. Para lo que no hay analgésico es para el silencio de mi teléfono.
Estoy