El grito se oyó a las siete de la mañana.
Isabela estaba en la mesa del desayuno con un zumo de naranja que no había tocado y un plato en el que llevaba veinte minutos removiendo la comida cuando le sobrevino el dolor. No era la primera punzada: llevaba dos días sintiendo punzadas y se había estado diciendo a sí misma que no era nada, que el médico había dicho que al bebé aún le quedaban tres semanas, que tenía tiempo.
El grito fue involuntario. Se le escapó antes de que decidiera lanzarlo.
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