El aire fuera del hospital era cálido e inútil.
Valentina se quedó de pie en la acera y lo respiró de todos modos, porque era mejor que estar dentro. Miró la calle, los coches que pasaban, la tarde ordinaria de martes que transcurría en todas partes menos en la sala de espera de la que acababa de salir.
Quería un cigarrillo.
No había querido uno en seis años. Lo había dejado a los diecinueve con la terquedad de quien decide dejar de desear cosas que le hacen daño, algo que en aquel entonces se