Aterrizaron y Emilio condujo directamente al hospital.
No le sugirió a Valentina por segunda vez que se quedara en casa. Ella se lo había dicho una vez y él la había escuchado; con eso bastaba. Se sentó en el asiento del copiloto, vio pasar la ciudad y pensó en la cara de Cecilia —esos ojos grandes y directos, esos brazos que se alzaban sin dudar— mientras mantenía las manos quietas en su regazo.
El hospital era privado, grande y tranquilo, con una entrada que procesaba todo de forma eficiente.