Evan permaneció sentado en el borde de la cama, con la mirada clavada en la puerta que Hayley acababa de cerrar tras de sí. El silencio de la habitación lo envolvía, pero no era suficiente para acallar el torbellino de pensamientos que lo asediaban. Había algo que no podía negar; su esposa, aquella mujer con la que apenas había intercambiado más que palabras necesarias, comenzaba a importarle más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Se recostó ligeramente hacia atrás, apoyando las manos en la