.35.

La rubia tomó su mano y soltó un puchero inocente, aunque de inocente no tenía nada. Solo estaba jugando.

—¿A dónde me va a llevar ahora, señor Devís? —preguntó Sofía coqueta, mientras meneaba sus pestañas con picardía.

—¿Ya te he dicho que me encanta lo descarada que eres? —respondió Fernando, atrayéndola nuevamente hacia él y escondiendo su rostro en el cuello lechoso de ella. Su aroma lo embriagaba, y lo único que deseaba era no despegarse de ella jamás.

Un escalofrío recorrió toda la espald
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