Luca devolvió el látigo al estante. Suspiré aliviada. Pero mi alivio duró poco, porque tomó algo más.
Una vela.
Sabía lo que iba a pasar.
—No…
Encendió la vela. Una pequeña llama anaranjada bailaba en la punta de la mecha. Sus ojos me miraban con una intensidad que me hacía temblar.
—No voy a lastimarte, pero voy a hacerte sentir cada gota, cada segundo y cada gemido.
Acercó la vela a mi pecho. El calor ya se sentía aunque aún no tocara mi piel. Contuve la respiración.
—Quiero que grites de pla