Capítulo 38

Luca devolvió el látigo al estante. Suspiré aliviada. Pero mi alivio duró poco, porque tomó algo más.

Una vela.

Sabía lo que iba a pasar.

—No…

Encendió la vela. Una pequeña llama anaranjada bailaba en la punta de la mecha. Sus ojos me miraban con una intensidad que me hacía temblar.

—No voy a lastimarte, pero voy a hacerte sentir cada gota, cada segundo y cada gemido.

Acercó la vela a mi pecho. El calor ya se sentía aunque aún no tocara mi piel. Contuve la respiración.

—Quiero que grites de pla
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